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Cuando la subvención manda: por qué las ONG diseñan programas para las convocatorias (y no al revés)

Hay una conversación que ocurre en casi todos los equipos directivos del tercer sector. Sucede en los pasillos, después de las reuniones, en los cafés entre profesionales que se conocen bien. Raramente ocurre en público, porque todos dependemos del mismo sistema.



La conversación empieza con una pregunta que nadie quiere formular en voz alta: ¿estamos diseñando este programa porque responde a una necesidad real, o porque encaja en la convocatoria que acaba de publicarse?


La lógica perversa del sistema de subvenciones

El sistema de financiación pública del tercer sector en España — y en buena parte de Europa — funciona sobre una lógica aparentemente razonable: las administraciones publican convocatorias con criterios definidos, las organizaciones presentan proyectos, los mejores reciben financiación.

El problema es lo que ocurre entre la publicación de la convocatoria y la presentación del proyecto.


Las convocatorias tienen plazos cortos, criterios específicos, indicadores predefinidos y presupuestos que cubren determinadas partidas pero no otras. Las organizaciones, que necesitan esa financiación para sobrevivir, aprenden rápidamente a leer entre líneas: qué tipo de proyecto tiene más probabilidades de ser seleccionado, qué indicadores valora el evaluador, qué términos del lenguaje institucional hay que incluir en la memoria.


Y entonces pasa lo que pasa: los programas se diseñan para encajar en la convocatoria, no para responder a la necesidad real de los beneficiarios.


No es mala fe. Es adaptación racional a un sistema de incentivos mal diseñado.



Lo que esta disfunción genera en la práctica

Las consecuencias son más profundas de lo que parecen desde fuera:


  • Impacto fragmentado. Una organización que trabaja con personas en situación de exclusión social necesita intervenciones largas, integrales y flexibles. Pero si la convocatoria financia "talleres de empleabilidad de 20 horas", eso es lo que presenta. El resultado: talleres de 20 horas que no forman parte de ningún proceso más amplio, que no tienen seguimiento posterior, y que producen estadísticas (número de participantes, horas de formación impartidas) sin generar necesariamente cambio real en la vida de nadie.

  • Equipos agotados. La burocracia asociada a las subvenciones públicas es considerable: formularios de solicitud, memorias técnicas, justificaciones económicas, informes de seguimiento, auditorías. Para muchas ONG pequeñas y medianas, una parte significativa de la energía del equipo se consume en gestión administrativa, no en intervención directa. He visto organizaciones donde el coste de gestionar una subvención — en horas de personal — representaba una proporción alarmante del importe recibido.

  • Discontinuidad de los programas de mayor impacto. Este es quizás el efecto más dañino y el menos visible. Cuando una organización tiene un programa que funciona bien — que genera cambio real, que los beneficiarios valoran, que ha tardado años en construirse — pero ese programa no encaja en las convocatorias disponibles ese año, se enfrenta a una decisión difícil: o busca financiación alternativa (más difícil y costosa de conseguir), o rediseña el programa para que encaje (perdiendo lo que lo hacía efectivo), o lo abandona.

  • Multiplicación de organizaciones haciendo lo mismo. El sistema de subvenciones, al premiar ciertos tipos de proyectos en ciertos momentos, crea incentivos para que múltiples organizaciones desarrollen programas similares de forma simultánea y no coordinada. El resultado es un sector fragmentado donde docenas de ONG trabajan en la misma temática en el mismo territorio sin apenas coordinación, duplicando esfuerzos, compitiendo por los mismos fondos y por los mismos beneficiarios, y generando — en conjunto — menos impacto del que generarían si colaboraran.


El problema de los tiempos

Hay otra dimensión del problema que merece atención: los tiempos de las subvenciones públicas rara vez coinciden con los tiempos de las necesidades sociales ni con los tiempos del cambio real.

Las convocatorias se publican con retrasos, los plazos de resolución se alargan, los pagos llegan tarde — a veces muy tarde. Muchas organizaciones tienen que adelantar de su propio bolsillo meses de actividad mientras esperaban el pago de una subvención ya concedida. Para una ONG pequeña, eso puede significar endeudamiento, reducción de personal, o directamente la imposibilidad de ejecutar el proyecto.


Y luego está el problema de los plazos de justificación: los proyectos tienen que cerrarse en la fecha establecida por la convocatoria, independientemente de si el proceso de intervención ha concluido de forma natural o no. Un programa de acompañamiento a personas en situación de vulnerabilidad no termina cuando termina el ejercicio presupuestario. Pero el proyecto sí.



Lo que nadie dice en público

La razón por la que esta conversación no ocurre en público es simple: todos dependemos del mismo sistema. Las organizaciones no pueden permitirse criticar abiertamente a las administraciones que las financian. Los técnicos de las administraciones, en su mayoría, son conscientes de las disfunciones pero operan dentro de marcos normativos y presupuestarios que no controlan. Los evaluadores aplican los criterios que les dan. Los políticos aprueban las convocatorias que han diseñado sus técnicos.


El sistema se perpetúa no porque nadie vea el problema, sino porque el coste individual de señalarlo es alto y el beneficio es difuso.


Este artículo no es una crítica a ninguna administración ni a ninguna organización concreta. Es un intento de nombrar en público algo que el sector lleva años discutiendo en privado, con la esperanza de que nombrarlo sea el primer paso para cambiarlo.



Qué modelos alternativos existen

No partimos de cero. Hay experiencias — en España y en otros países — que apuntan a formas de financiación pública más inteligentes:


  1. Financiación plurianual. Algunos programas europeos y ciertas convocatorias de cooperación ya permiten proyectos de tres o más años. La diferencia en términos de impacto es notable: los equipos pueden construir relaciones de confianza con los beneficiarios, desarrollar procesos más complejos, y medir resultados a medio plazo en lugar de outputs inmediatos.

  2. Financiación de costes estructurales. Una de las grandes hipocresías del sistema es financiar actividades pero no la organización que las hace posibles. Cubrir el sueldo de un técnico de proyectos está bien visto; cubrir el sueldo de la directora que gestiona la organización, mucho menos. Algunas fundaciones privadas y ciertos programas públicos más innovadores han empezado a reconocer que una organización sin estructura sólida no puede generar impacto sostenible.

  3. Evaluación por resultados, no por actividades. En lugar de medir cuántos talleres se han impartido, medir qué ha cambiado en la vida de los beneficiarios. Esto es más difícil y más costoso de evaluar, pero es la única forma de saber si el dinero público está generando valor real. Requiere invertir en sistemas de medición — lo que choca, de nuevo, con la reticencia a financiar costes que no sean "actividades directas".

  4. Confianza como base de la relación. Algunos donantes privados — y muy pocos públicos — operan sobre un modelo de confianza en la organización más que de control exhaustivo de cada partida presupuestaria. Esto requiere organizaciones con gobernanza sólida y transparencia real, pero genera una relación mucho más productiva y permite a los equipos tomar las decisiones que la realidad sobre el terreno demanda.



La pregunta que el sector tiene que hacerse

El sistema de subvenciones no va a cambiar de forma automática. Las administraciones tienen sus propios incentivos, sus propios tiempos y sus propias rigideces normativas. Pero las organizaciones sí pueden tomar algunas decisiones que reduzcan su dependencia de la peor parte del sistema.


La primera es la más incómoda: ser honesta internamente sobre cuándo está diseñando programas para las convocatorias y no para sus beneficiarios. Nombrarlo no resuelve el problema, pero impide que se normalice como práctica invisible.


La segunda es diversificar las fuentes de financiación de forma real — no como objetivo estratégico en el plan, sino como práctica concreta que implica invertir tiempo y recursos en desarrollar relaciones con donantes privados, fundaciones y fuentes de financiación que permitan mayor autonomía.


La tercera es cooperar con otras organizaciones que trabajan en los mismos territorios y con los mismos colectivos, en lugar de competir por los mismos fondos. La fragmentación del sector no es inevitable — es una elección que se renueva cada año en cada convocatoria.


El sistema tiene disfunciones reales. Pero algunas de las respuestas están dentro del sector, no fuera.

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