La generación que no donará (si nada cambia)
- Way To Sustainable Impact

- 11 jun
- 6 min de lectura
Los jóvenes no están menos comprometidos. Están menos dispuestos a comprometerse con modelos que no les generan confianza, participación ni impacto visible.
Esa frase debería estar enmarcada en la sala de reuniones de cada ONG de este país. Porque el problema no es generacional — es estructural. Y el sector social, en su mayoría, todavía no lo ha entendido.

El dato que debería incomodar a todo el sector
El informe Jóvenes y ONG del Instituto de Innovación Social de ESADE y la Fundación PwC (2025) lo deja muy claro: el 75% de los jóvenes desea implicarse en causas colectivas. Solo el 41% lo ha hecho alguna vez.
Hay una brecha de 34 puntos entre el deseo y la acción. Y esa brecha no se explica por apatía ni por egoísmo generacional — dos narrativas que el sector repite con demasiada comodidad. Se explica por un fallo de diseño: las ONG siguen construyendo modelos de participación para un perfil de donante o voluntario que ya no existe, o que existe en números cada vez más reducidos.
La confianza media en las ONG entre los jóvenes es de 5,4 sobre 10. Entre quienes no conocen ninguna organización concreta, cae a 4,9. Un 10% declara confianza nula. No es un problema de comunicación. Es un problema de reputación ganada — o no ganada — en el día a día.
Lo que ha cambiado (y que el sector no quiere ver)
Durante décadas, el modelo de financiación del tercer sector se sostuvo sobre una base de donantes fidelizados, cuota mensual fija, y una relación de confianza casi implícita: "somos una buena causa, confía en nosotros". Ese contrato tácito funcionó razonablemente bien con generaciones que heredaron una cultura filantrópica relativamente estable.
Ese contrato ha caducado.
No porque los jóvenes sean peores personas. Sino porque han crecido en un entorno radicalmente distinto: precariedad económica estructural, hiperestimulación digital, cultura de la verificación instantánea, y — esto es importante — una oferta enorme de formas alternativas de hacer el bien que no pasan por las ONG tradicionales.
Team for the Planet recauda millones vendiendo participaciones en proyectos climáticos concretos con trazabilidad total. Los streamers de Twitch organizan maratones solidarias que generan más engagement en 24 horas que muchas campañas institucionales en un año. Los run clubs solidarios convierten el deporte en comunidad y en causa al mismo tiempo. Patagonia convierte su modelo de negocio entero en un manifiesto activista.
Las ONG ya no compiten solo entre ellas. Compiten por atención, confianza y relevancia cultural con movimientos, creadores de contenido y plataformas que han entendido algo fundamental: la generación Z no dona a causas, se une a comunidades.
Las seis alertas que el informe no debería enterrar en un PDF
El informe ESADE identifica seis señales que merecen más que una lectura rápida y un panel de expertos en una conferencia.
Primera: la transparencia ya no es opcional. El 78% de los jóvenes exige transparencia real en el uso de los fondos. No una memoria anual de 80 páginas en PDF que nadie lee. Transparencia real: ¿a dónde va exactamente cada euro? ¿Qué porcentaje llega al beneficiario? ¿Qué pasó con el proyecto del año pasado? La respuesta honesta a estas preguntas es lo que genera confianza, no los logos de certificación en el footer de la web.
Segunda: el impacto tiene que ser verificable. El 52% pide impacto medible. "Ayudamos a miles de personas" ya no basta — y tiene razón en no bastar. Una organización que lleva años trabajando debería poder decir con precisión qué ha cambiado en la vida de sus beneficiarios, no solo cuántos talleres ha impartido o cuántas personas han pasado por sus programas. Volveré a esto en otro artículo, porque el problema de la medición del impacto en el sector merece una conversación propia.
Tercera: la comunicación institucional aleja en lugar de atraer. Solo el 10% de los jóvenes asocia las ONG con innovación. Solo el 4% las asocia con empoderamiento. El lenguaje del sector — denso, institucional, plagado de eufemismos y siglas — no conecta con una generación que consume contenido en formatos ágiles, visuales y honestos. El 82% pide más presencia y diálogo real en redes sociales. No más posts programados con frases inspiradoras. Diálogo.
Cuarta: participar importa más que donar. La generación Z no quiere ser un número en una base de datos de socios. Quiere tener voz, capacidad de decisión, sentir que su participación cambia algo más allá de una transferencia bancaria mensual. Las organizaciones que han entendido esto están diseñando modelos de membresía activa, co-creación de proyectos, y estructuras de gobernanza más abiertas. Las que no lo han entendido siguen mandando el mismo boletín mensual que mandaban en 2010.
Quinta: sin jóvenes en la gobernanza, no hay futuro. El 73% de las ONG reconoce escasa representación juvenil en equipos directivos. El 76% en órganos de gobierno. Es una contradicción estructural: las organizaciones piden a los jóvenes que confíen en ellas mientras les niegan la voz donde se toman las decisiones. La confianza no se pide. Se comparte.
Sexta: las causas del sector no son las suyas. Los jóvenes se preocupan principalmente por salud mental (62%), vivienda (61%) y empleo (55%). Las causas tradicionales del tercer sector — cooperación internacional, exclusión social clásica, medio ambiente en abstracto — quedan más abajo en sus prioridades declaradas. Esto no significa que esas causas no importen. Significa que las organizaciones tienen que hacer un trabajo mucho más explícito de conexión entre su misión y las preocupaciones reales de esta generación.
El error de diagnóstico más frecuente
Cuando se habla de este tema en equipos, la reacción más frecuente suele ser : "es que los jóvenes de hoy no tienen cultura del sacrificio", "es que todo lo quieren inmediato", "es que las redes sociales han destruido la atención", "no donan porqué no tiene dinero".
Ese diagnóstico es cómodo porque exonera a la organización. Y es incorrecto.
Los jóvenes que organizan colectas de miles de euros en Instagram para emergencias humanitarias en 48 horas no tienen problema con el sacrificio ni con la atención. Los que se movilizan masivamente por causas climáticas, feministas o de salud mental no son una generación apática. Son una generación que ha aprendido — con razón — a ser muy selectiva con dónde deposita su confianza y su energía.
El problema no es que los jóvenes hayan cambiado. El problema es que muchas organizaciones no han cambiado con ellos.
Los jóvenes no están menos comprometidos. Están menos dispuestos a comprometerse con modelos que no les generan confianza, participación ni impacto visible.
Qué pueden hacer las organizaciones (y qué no sirve de nada)
Lo que no sirve de nada: abrir un TikTok corporativo sin estrategia, hacer un "día de la juventud" en la organización, o contratar a un community manager de 25 años para que "hable su idioma".
Lo que sí tiene impacto real:
Transparencia radical en la comunicación del dinero. No en la memoria anual — en el día a día. Un dashboard actualizado en la web. Una historia mensual que explique en qué se ha gastado el dinero del mes y qué ha cambiado gracias a eso.
Diseñar participación antes que donación. La primera interacción no debería ser un formulario de socio. Debería ser una experiencia que genere vínculo: un evento, un proyecto concreto de duración limitada, una decisión en la que se pueda participar.
Abrir la gobernanza. No con gestos simbólicos — con responsabilidad real. Jóvenes en juntas directivas, en comités de selección de proyectos, en decisiones estratégicas.
Conectar la misión con sus inquietudes. Una organización de cooperación internacional puede conectar perfectamente con la preocupación por el empleo o la salud mental si hace el esfuerzo de tender ese puente de forma explícita y honesta.
Medir y comunicar el impacto de forma verificable. No "hemos ayudado a 3.000 personas". Sino "de las 3.000 personas que pasaron por nuestro programa, el 67% mantenía empleo seis meses después, frente al 34% del grupo de control". La diferencia entre las dos frases es la diferencia entre un eslogan y una prueba.
La pregunta que cada organización debería hacerse hoy
Si un joven de 22 años llegara hoy a vuestra web sin conocer nada de la organización, ¿entendería en cinco segundos qué hacéis, qué impacto generáis y cómo puede participar de forma que no sea solo una transferencia bancaria?
Si la respuesta es no — o si hay dudas — ahí está el trabajo.
El relevo generacional del compromiso social no es un problema de los jóvenes. Es una responsabilidad del sector.


Comentarios